Entre Algeciras y Sevilla, completamente rodeada por altas montañas, está situada la ciudad de Ronda. Acá y allá se levantan algunas pequeñas colinas, tímidamente esparcidas, como si su presencia fuera una afrenta para las salvajes rocas de los alrededores. Las casas están amontonadas junto a las iglesias, que parecen majestuosas gallinas acuclilladas, con las plumas en desorden, mientras sus polluelos se apretujan contra ellas en busca de calor. Siempre hace mucho frío en Ronda. La primera vez que la vi fue una mañana, muy temprano: sobre la ciudad, una tenue neblina gris resplandecía al sol, y las montañas, opalescentes a la luz del amanecer, veíanse tan luminosas que apenas se hubiese creído que eran macizas; parecía como si se pudiera caminar a través de ellas.

La gente, protegiéndose la boca con un pañuelo por temor a coger una pulmonía, marchaba muy deprisa, ceñidamente embozada en largas capas. Al pasar frente a las puertas entreabiertas veía a los habitantes de las casas sentados alrededor del brasero, caldeándose, pues los hogares son desconocidos en Andalucía siendo la copa, especie de vasija redonda de bronce, de bordes bajos, en la cual se colocan carbones encendidos, el único medio de calefacción existente.

La altura y el frío prestan a Ronda una serie de características que recuerdan las de una ciudad de España septentrional. Los tejados son bastante empinados, las casas pequeñas y bajas, construidas para proteger del frío antes que, como en el resto de Andalucía, para proporcionar frescura. Pero los frentes enjalbegados y las ventanas enrejadas con sus celosías de madera recuerdan al viajero que se encuentra en el corazón del mismo país morisco. Y Ronda figura, por cierto, en crónicas y antiguas jácaras, como plaza fuerte de los invasores. La tempranura influye en los hábitos del pueblo, y aun en su apariencia: no hay holgazanes reunidos en las plazas, o junto a las puertas de las tabernas las calles están desiertas, y su amplitud torna más manifiesta la soledad reinante.

Los primeros pobladores de la ciudad no tuvieron necesidad de hacer las calles angostas para protegerse del sol, y éstas son en realidad tan anchas que casas de ambos lados podrían ser tenidas sobre sus frentes, y aún sobraría espacio para el rápido arroyuelo que corre por el medio.

FUENTE:
Somerset Maugham, William (2005). Andalucía. Sevilla: RD Editores. 9788495724694

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